Caperucita Roja
La puerta se abrió apenas un poco más, lo suficiente para permitirle entrar. El lobo cruzó el umbral como si su vida dependiera de ello, jadeando, temblando, fingiendo vulnerabilidad con la precisión de un asesino que estudió cada gesto humano. Yo retrocedí un paso, aún sin saber si había hecho lo correcto.
—Gracias… —susurró.
Su respiración cambió. Ya no era temblorosa. Ya no era débil. Era lenta. Segura.
Levantó la cabeza y pude ver su verdadera mirada: no miedo, no súplica… sino hambre.
—Sabía que abrirías —dijo, y su voz ya no imitaba nada humano.
Fue en ese instante cuando comprendí que todo lo que había sentido —la pesadilla, el olor metálico, los golpes suaves en la madera— no eran advertencias del bosque.
Eran advertencias de él.
Saltó hacia mí con una fuerza inimaginable. Mi cuerpo, viejo y frágil, chocó contra el suelo antes de que pudiera siquiera gritar. Sus colmillos se hundieron en mi cuello y el dolor explotó como una llamarada roja en mis ojos.
Sentí cómo la sangre salía en oleadas tibias.
Sentí cómo mi respiración se apagaba.
Sentí cómo me devoraba… viva.
Mientras mi visión se oscurecía, lo último que escuché fue su respiración, pesada y satisfecha, como si estuviera culminando un trabajo inevitable.
Mi muerte ya estaba escrita.
Solo seguí el guion equivocado.

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