Caperucita Roja
El golpe volvió a sonar, esta vez más claro, más cercano, como si la madera de la puerta vibrara con el eco de unos nudillos que no sabían lo que era el cansancio. Me acerqué despacio, sintiendo cómo el aire cambiaba alrededor mío, volviéndose tan frío que mi respiración levantó un pequeño vaho frente a mi rostro.
No debía abrir. Lo sabía. Algo en mis huesos enfermos me lo gritaba con la misma fuerza que en mi pesadilla… pero la insistencia continuó, suave, paciente, como si quien estuviera del otro lado supiera que tarde o temprano cedería.
—Abuela… por favor… ábreme…
La voz era temblorosa, quebrada, casi infantil. No era la voz que esperaba. No era la voz de un lobo. Era algo peor: una voz que imitaba a alguien herido.
—Por favor, déjame entrar… hay… algo en el bosque… algo que me sigue…
Me quedé inmóvil. Mis dedos rozaron el cerrojo. Cuando finalmente abrí una rendija, el olor a humedad y a tierra removida se coló primero… y luego lo vi.
Un lobo. Empapado, con la respiración acelerada, el pelaje enmarañado como si hubiera atravesado una tormenta que yo no escuché.
—Ayúdeme… —dijo, y su voz era demasiado perfecta—. No soy su enemigo. Hay algo afuera… algo peor que yo… por favor, déjeme entrar.
Sus ojos temblaban… o fingían temblar. Un escalofrío me recorrió la columna. El bosque detrás de él estaba demasiado quieto. Demasiado silencioso.
