Caperucita Roja
Cuando el lobo por fin yace muerto en el suelo de tu cabaña, el silencio que lo rodea te resulta casi irreal. Durante años, el lobo ha sido un rumor de colmillos entre los árboles, un susurro de peligro que vagaba de boca en boca en la aldea; ahora está ahí, inerte, con el vientre aún manchado y la lengua colgando. Sientes una punzada de asco, sí, pero también una curiosa sensación de poder: el peligro ha entrado en tu casa y tú has salido viva. Caperucita se aferra a tu falda, mirando al animal con una mezcla de odio y fascinación. El leñador, todavía con el hacha en la mano, te pregunta qué quieres hacer con el cuerpo.
Respiras hondo y tomas una decisión que, de algún modo, te parece justa. No quieres simplemente tirarlo al bosque para que se pudra en un rincón; quieres que su recuerdo quede allí, en tu casa, como una advertencia silenciosa. “Vamos a aprovechar su piel”, dices con voz grave. “No solo para abrigarnos, sino para que nunca olviden lo que pasó aquí: ni él, ni los suyos, ni nadie más”. El leñador asiente, acostumbrado a tratar con animales de caza, y se arrodilla junto al lobo para empezar a desollarlo con cuidado. Tú apartas a Caperucita un poco, pero ella insiste en mirar, con esos ojos grandes que necesitan entender cómo se transforma el miedo en algo útil.

El trabajo es largo. La sangre salpica el suelo y las manos del leñador, y tú te ocupas de traer cubos de agua para ir limpiando, trapos viejos para secar, hierbas aromáticas para mezclar con el agua caliente y disipar el olor metálico que se mete en la garganta. Mientras la piel se separa del cuerpo, sientes una extraña mezcla de repulsión y dignidad: ese lobo os devoró, os encerró en su vientre como si fuerais simples trozos de carne, y ahora eres tú quien decide qué hacer con cada parte de él. Una vez que la piel está limpia de carne y grasa, la extendéis sobre unas tablas en el patio trasero, la saláis y la dejas secar al sol, tensada con cuerdas, como si fuera una gran vela de barco hecha de miedo.
Durante días, el bosque observa en silencio. Sabes que hay otros lobos ahí fuera, ojos que brillan entre las sombras, olfateando el aire cargado con el olor de la sangre y la piel curándose. Tú mantienes las ventanas abiertas para que vean, para que huelan lo que ha pasado: aquí, en esta cabaña, el lobo feroz fue vencido y convertido en algo que ya no puede morder. Caperucita te ayuda a limpiar una y otra vez la casa, frotando las manchas del suelo hasta que solo quedan sombras casi invisibles en la madera. Cada noche, antes de dormir, te repites a ti misma que has sobrevivido y que el miedo ya no tiene el mismo poder.
Cuando por fin la piel está lista, la tomas entre tus manos. Es gruesa, cálida, con un pelaje espeso que todavía conserva un brillo salvaje. Decides cortarla en dos: con una parte, coses un abrigo para Caperucita. Lo haces despacio, puntada a puntada, usando hilo fuerte y una aguja que atraviesa la piel con esfuerzo. Mientras coses, tu nieta se prueba las piezas, gira frente a ti con la capucha de lobo sobre la cabeza, y tú ves cómo la niña que antes era presa se convierte, a tus ojos, en alguien protegido por aquello que la amenazaba. Cuando terminas, el abrigo le llega hasta las rodillas, pesado pero cálido, y al ponérselo, Caperucita ya no parece tan frágil; ahora lleva sobre los hombros la historia de lo que ha pasado.
Con la otra parte del pelaje, fabricas una alfombra para el centro de la cabaña. La colocas justo frente a la chimenea, donde el fuego ilumina cada hebra con tonos rojizos y dorados. Cada vez que pasas sobre ella descalza, sientes bajo tus pies la memoria de los colmillos que una vez se cerraron sobre ti. No es un trofeo de orgullo vacío, es un recordatorio: el bosque puede ser cruel, pero tú también sabes defender lo que amas. Caperucita se sienta a veces en el borde de la alfombra, acariciando el pelaje con la punta de los dedos, y tú le cuentas la historia de cómo el lobo la engañó, cómo la devoró, y cómo, con ayuda del leñador, conseguisteis salir vivas. No para asustarla, sino para que nunca olvide que la confianza ciega puede costar caro.

Pronto, los lobos del bosque se enteran. No necesitas verlos para saberlo; lo sientes en la forma en que el silencio cambia, en cómo los aullidos nocturnos se alejan un poco más cada día. Un par de veces, al atardecer, crees distinguir figuras grises entre los árboles, detenidas al borde del claro donde se alza tu cabaña. No se acercan, no cruzan la línea entre la sombra y la luz. Huelen el rastro de su compañero muerto, reconocen el aroma de su piel colgada, convertida en abrigo y alfombra, y un nuevo tipo de respeto —mezcla de miedo y reconocimiento— nace en ellos. Deciden no meterse más contigo ni con la niña de la capa roja que ahora lleva sobre los hombros la piel de un lobo.
Con el tiempo, el miedo cambia de forma. Ya no es el miedo paralizante de ser devorada en tu propia cama, sino un respeto mutuo entre tú y el bosque. Tú mantienes tu puerta bien cerrada cuando cae la noche, enseñas a Caperucita a no salirse del camino y a escuchar los sonidos de los árboles con atención. Ellos, los lobos, se mantienen lejos, recordando al compañero que no volvió, al lobo cuyo pelaje ahora cruje suavemente bajo tus pasos cada vez que cruzas la sala. Y así, en esa cabaña pequeña al borde del bosque, aprendes que a veces la mejor forma de vencer al miedo no es esconderte de él, sino mirarlo de frente, sobrevivirle y transformarlo en algo que te recuerde, cada día, que sigues viva.

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