Caperucita Roja

Te levantas de la cama con esfuerzo, sintiendo cómo las piernas te tiemblan todavía por la enfermedad y por el susto. El corazón te late tan fuerte que casi tapa el sonido de la manija moviéndose, pero decides no ir directo a la puerta: en vez de eso, te acercas a la pequeña ventana junto a tu cama, apartas la cortina con dos dedos y miras hacia afuera.

Allí lo ves: el lobo, enorme, pegado a tu puerta, con las orejas atentas y los ojos brillando en la penumbra, preparado para entrar en cuanto tenga la oportunidad. El miedo te recorre la espalda como una corriente helada, pero gracias a esa mirada a través del vidrio entiendes el peligro a tiempo; no es tu nieta quien llama. Con las manos temblorosas, cierras la cortina, llamas al leñador que vive cerca y, cuando él llega, entre los dos abrís el vientre del lobo para sacar a Caperucita y a ti misma de aquella oscuridad húmeda y maloliente. El aire de la cabaña huele a sangre y a entrañas, pero el alivio de ver a tu nieta respirar, con la cara manchada y los ojos bien abiertos, es más fuerte que cualquier asco. Cuando el leñador termina de coser la panza del animal, el lobo yace inmóvil en el suelo, hinchado, pesado, convertido en un saco blando que ya no puede hacer daño. Ahora te toca decidir qué hacer con él, y con ese miedo que ha recorrido por años los senderos del bosque.