Caperucita Roja
Decides no complicarte más la vida con dudas. Estás enferma, el cuerpo te duele con cada movimiento, y el ruido en la puerta te ha puesto nerviosa, pero confías en que todo irá bien. Te incorporas lentamente en la cama, sientes el peso de las mantas sobre tus piernas débiles, y arrastras los pies hasta la entrada de la cabaña. El aire del bosque entra fresco cuando giras el cerrojo y abres la puerta de par en par, esperando ver la capa roja de tu nieta asomando entre los árboles.
En cambio, frente a ti aparece un lobo grande, con el pelaje grisáceo salpicado de hojas secas y los ojos amarillos brillando con una mezcla de urgencia y cansancio. No gruñe ni muestra los dientes; en lugar de eso, baja la cabeza un poco, como si estuviera avergonzado de irrumpir así. “Abuelita”, dice con una voz ronca pero calmada, “soy un amigo del bosque. He visto a Caperucita Roja por ahí, pero se ha perdido. Estaba recogiendo flores, se desvió del camino, y ahora no sé dónde está. Vine a avisarte porque pareces buena persona, y no quiero que le pase nada malo”. Sus palabras te toman por sorpresa; un lobo hablando, y no para amenazarte, sino para ayudar. Miras su postura: no parece agresivo, solo preocupado, y en tu mente nublada por la fiebre, decides creerle. Después de todo, el bosque siempre ha sido un lugar de sorpresas, y tu nieta es tan inocente que podría haberse extraviado fácilmente.
