Caperucita Roja
Decides quedarte en cama a descansar. Hace días que la fiebre va y viene, y cada movimiento te pesa como si llevaras piedras en los huesos, así que te acomodas entre las mantas y cierras los ojos, confiada en que tu nieta encontrará la casa sin problemas. Afuera, el bosque suena como siempre: el viento entre los árboles, algún pájaro lejano, una rama que cruje. Mientras te vas quedando medio dormida, piensas que no vale la pena levantarte a revisar puertas ni ventanas; nunca ha pasado nada en este lugar y, además, sabes que Caperucita llegará pronto con la torta y el vino.
No sabes cuánto tiempo pasa, pero un ruido distinto te despierta. Primero oyes pasos, muy suaves, que se acercan a tu puerta, luego el chirrido leve de la madera del porche. El corazón te da un pequeño salto: alguien está afuera, justo frente a tu casa. Unos segundos después, escuchas cómo la manija de la puerta se mueve despacio, como si ese “alguien” estuviera probando entrar sin hacer ruido.
